Yo sobreviví al asiento más barato de un tren de Tailandia

El día que compré los billetes de tren para ir de Bangkok a Ko Tao me hice un poco de lío. Yo quería viajar tal que un lunes por la noche en un vagón cama tan ricamente y despertarme al día siguiente en la bonita isla del Golfo de Tailandia. Desgraciadamente eso no iba a ser imposible. Por lo visto los ferrocarriles tailandeses ni nadan ni vuelan así que no hay forma de que crucen el mar. Vaya unos trenes.

Vagón de asientos en Tailandia

Mi mejor opción era viajar hasta Chumpon y ahí enlazar con un autobús y un catamarán. “Pues me cojo un vagón cama y luego ya veremos”, pensé yo, optimista de mi. Pero el lunes no había tren cama. Podía haber retrasado mi viaje, podía haber comprado un ticket para el miércoles, pero se me había antojado ir el lunes. Bangkok me engancha, si me decido a salir tengo que hacerlo en ese momento porque sino no lo hago. Now or never (ahora o nunca). Take it por leave it (tómalo o déjalo).

Total, que acabé comprandoun billete en la segunda clase de solo asientos por el módico precio de 360 baths (8,39 euros) que sumados a los 600 baths del catamarán (13,98) que me tiene que llevar hasta la isla ya no me parecen tan módicos. Total del viaje 960 baths (22,37). Ese es el precio de bajar al paraíso que, bien mirado, no está nada mal.

Al principio pensé que había cometido un error, que por ahorrarme 200 o 300 baths iba a viajar encima de un vagón pero oye, parece que no está tan mal y, de hecho, acabo de verle una cosa muy buena: mi vagón va lleno de tailandeses y tailandesas. Estoy viajando como si fuera una thai, no en un cómodo y maravilloso vagón de turistas. Interesante, aquí es donde viaja de forma masiva el local, en la zona más económica. Lógico. Desde ese asiento escribo estas lineas.

Asientos tren Tailandia con mosquitera

Es cierto que este vagón es un poco más tartana pero los asientos no están mal. Entre silla y silla de escai azul se pueden estirar las piernas (mis piernas). Cada butaca tiene mesita con hueco para el café, reposabrazos y palanca para reclinar. No importa lo que reclines, no vas a molestar al de atrás. De hecho, podría ponerme la mochila a los pies y seguiría teniendo bastante más espacio que en un autobús de ALSA. Y ventana, cada pasajero tenemos una ventana para graduar al gusto. Creo que para ocho horas esto no va a estar tan mal.

LAS APARIENCIAS ENGAÑAN

Se acabó mi idilio con el tren, una tailandesa me ha robado mi ventana (que en realidad es suya). Ahora tengo más calor y menos aire. El pasillo es ETA. Mi felicidad ha durado 20 minutos de trayecto, el tiempo que un conductor con migafono ha venido a pedirnos el billete. Por lo visto no me he confundido de tren. Los malditos mosquitos me persiguen.

Mi compañera de asiento es una rancia, me ignora. Es mucho más simpática la pareja de cincuenta y pocos que viaja a mi izquierda. Si estiro el brazo a ella la toco, el pasillo del tren si que es estrecho. Los cuatro asientos de atrás los ocupa una familia. Detrás de mi va un niño de unos ocho años tapado con una mantita, a su lado el hermano mayor que como buen adolescente no le pierde ojo al teléfono. Sus padres viajan justo al lado, ella lleva un bebé de meses en brazos (o unas mantas que parecen un bebe de meses). El neonato aún no ha dicho ni Pamplona. Delante hay una pareja de turistas occidentales, y al otro delante otro guiri como yo.

Este vagón parece mucho más endeble que los vagones en los que he viajado otra veces. Desde luego es un millón de veces más ruidoso que los demás, aunque solo una vez he tenido miedo de descarrilar de verdad (de momento). También está bastante mas animado que otros porque a cada ratito pasa alguien vendiendo algo para comer. Hay un hombre con bandejas de arroz con pollo, una chica que vende chorizos con lazos (no sé lo que son, pero parecen chorizos), el tipo de agua, etc. En cuanto me despisto y los miro de reojo se me posa un mosquito y zas, muerte. De momento estoy rápida aunque acabo de sacar la chaqueta para prevenir.

A las nueve de la noche comienza a sonar una música electrónica tan pésima y tan alta que pienso que hemos llegado al séptimo infierno tailandés. Nada más lejos de mi percepción, el tren pasa junto al mercado de Nakhom Pathom donde al menos cinco jóvenes exhiben sus cuerpos al ritmo del ruido de unos bafles que ya quisieran en Kao Shan Road. El espectáculo es lamentable: mientras cubos, frutas y verduras se exponen sobre el mostrador de los carritos las mujeres lo hacen sobre maleteros de pick ups y focos de neón. Menos mal que en Tailandia está prohibida la prostitución.

HARTA DEL RUIDO Y DEL FRÍO

A las once ya estoy harta del ruido y del frío así que me levantó y cierro la ventana que perdí. Mi compañera de butaca me ignora como lleva haciendo las cuatro últimas horas. También estoy harta de los mosquitos, ya he espachurrado como seis. Mi libro ahora está infestado de alitas. La familia de los niños está bastante mas viva. Ellos se han traído una mosquitera de cama que cubre a papá, mamá y el bebe. Él duerme como un ceporro, ella no le quita ojo a la niña, deduzco de la mantita rosa. Voy a intentar dormir después de haberme atado la mochila a un pie.

He dormido lo que viene siendo nada pero he descubierto que la pareja que hay delante mío está formada por un alemán y una colombiana medio mexicana. Los dos hablan muy bien español así que nos dedicamos a arreglar el mundo casi hasta las cuatro de la mañana. Ellos van a Ko Samui a bucear. Les alimento con mis pastelitos de natillas / vainilla porque tienen hambre y el restaurante está cerrado. Ya somos amigos aunque yo me he quedado sin víveres. No pasa nada, son muy majillos.

Como teóricamente ya no me queda mas que un hora de viaje y no tengo nada claro que alguien me vaya a avisar al llegar a mi parada inicio proceso contrario del lógico: no dormir. Entonces me entra sueño además de un frío del demonio. Me aturdo y voy poniendo alarmas en el móvil para no quedarme sobada. El tren llega con una hora de retraso al destino, cosa que me alegra mucho pues tenía miedo de bajar del tren antes de amanecer. Curiosamente la mujer antipática que iba a mi lado ha sido la que me ha dicho Chumpon. Entonces he cogido las mochila y me he sentido aliviada. Santo Tomás una y no más, la próxima vez en sleeper class.

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6 comentarios en “Yo sobreviví al asiento más barato de un tren de Tailandia

  1. Jajaja, estás muy loca. Sé que no lo has pasado super bien, pero la crónica es muy divertida y quitando mosquitos time, hace que me apetezca estar ahí 😀

    Disfruta el sur!! :*

    1. A ver, tiene su gracia Eva. Y en realidad con la pareja de habla hispana me lo pasé muy bien. Y ver toda la situación, estar de verdad en un vagon thia… Volvería a repetir la experiencia. Ahora, acompañada hubiese sido mejor poque la parte de pensar ‘dios, voy a quedarme dormida’, ‘me van a robar’ y ‘hipotermia, hipotermina’ no la disfruté nada. Abrazo grande,

      Cristina.

  2. Ánimo Cris!! De estas cosas te reirás a la vuelta, ya lo sabes ;).
    Sigues tan dicharachera como siempre, ya se me había olvidado porqué me gustaba tanto tu blog.
    Sigue escribiendo, prometo volver más a menudo…. Palabrita de bloguera!!

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