Correr para no volverse loca

No me gusta correr y creo que nunca me gustará. Pero me gusta cómo me hace sentir. Por eso corro. Porque en esta vida que me toca vivir; en esta vida donde la rutina es utopía y ningún día se parece al anterior, necesito algo, lo que sea, que esté siempre ahí. Algo que pueda llevar conmigo donde vaya. Algo que no cambie, que se mantenga. Algo que dependa solo de mi. Y ese algo es desde hace años correr.

Porque no importa si estoy en Bergen, en Laredo o en Montevideo. Allá donde esté puedo calzarme unas zapatillas de deporte -casi siempre las mismas también, desde hace 4 años- y salir a correr. Y puedo hacer de ese correr rutina, y de esa minirutina un momento de desconexión del que todo cliente, jefe o amor quede excluido. Fuera. Gesloten. Ese momento es mío. Mi momento de sube la música y tira millas. De sube la peor música de la historia, esa que solo tiene perdón escuchar en fiestas de Bilbao, y tira millas. Muchas. Todas.

Running - Correr por Bergen

No me gusta correr, pero me gusta pensar que me mantiene cuerda. De alguna forma, creo que lo hace. Y me gusta la idea de tener una rutina, aunque sea mínima, allá donde esté. Cuando vivía en Santander bajaba a correr por el Paseo Pereda. Así descubrí que amanece por la bahía y aprendí que, como dice Miguel Ángel Miguelez, “ver amanecer te reconcilia con el mundo”. Por aquel entonces corría dos kilómetros de seguido -con suerte-. Después tenía que parar para no echar el higadillu. Mi actuación era lamentable, pero ver salir el sol lo compensaba todo.

Me gusta pensar que empecé a correr de verdad -si a lo que yo hago se le puede decir correr- en Tailandia. Cuando estaba en Bangkok no perdonaba un día de Lumphini Park. Daba la vuelta al parque a primera hora de la mañana, a eso de las 7:00 a.m. A veces daba la vuelta, a veces lo atravesaba, a veces me perdía y tenía que echar mano del GPS para encontrar mi salida. Ya sabes, la vida. Después de las 8:00 a.m. me era imposible correr, entonces el aire se convertía en fuego, el mercurio subía de los 30 y la humedad hasta el infinito y más allá.

Cuando acababa de correr en Bangkok -primero dos, luego tres y luego un poco más kilómetros- desayunaba en los puestillos de la calle: batido de mango o de fresa (o de lo que hubiera), pinchitos de pollo (o de lo que fuera, cualquier cosa ensartada me iba bien, incluso si era una tostada untada con mantequilla y pinchada en un palo) y café del 7/11 (“…7/11 my seven heaven…”). Volvía a mi guesthouse con un palo en la mano, sudada y contenta, sintiéndome afortunada por ver despertar a aquella megalópolis un día más. Después me daba una ducha de agua fría y me ponía a trabajar.

Running - Correr por Bangkok

Y así un día, y otro, y después llegó Chiang Mai -donde la contaminación casi me destruye-, y después Chiang Seng. En Chiang Seng corrí mis primeros cuatro kilómetros de seguido. Los corrí junto al río Mekong. Y la lluvia me mojaba, y la música horripilante sonaba, y solo recuerdo que era feliz y que no me importó. ¡Corria junto al Mekong! Y como hoy cuando llegué a casa me senté y escribí un post. Lo titulé La ‘teacher’ que corría bajo el monzón.

Después corrí por la Playa d’en Bossa, en Ibiza; y llegué hasta el London Bridge (desde Old Street, no desde Ibiza). En Londres hice mis primero seis kilómetros del tirón, sorteando turistas, taxis y teléfonos encerrados en cabinas rojas. Luego llegaron más sitios y mantenía esa minirutina, ese saber que algo no va a cambiar, que al menos una cosa es segura en mi vida: que en algún momento del día -normalmente a primera hora- iré a correr. A menos que decida lo contrario.

Aún hoy, allá donde voy, me llevo las zapatillas de correr que también son las zapatillas para todas las cosas que no puedo hacer con sandalias, con zapatos de baile o con katiuskas. Y si puedo corro. Si puedo. Curiosamente, me gusta que correr se mantenga, pero que los sitios cambien. Nada me aburre más que correr exactamente por la misma ruta. De hecho, nunca lo hago. Siempre cambio. Pero corro, eso no cambia. El correr se mantiene.

Running - Correr por Londres

El tema de correr es una de las cosas que no me convencen de Noruega. Durante el invierno me da pereza salir a correr. En Voss porque hacía frío (y hola, qué tal, lo de correr a menos 15 grados no lo veo), en Bergen porque llueve mucho (para ser exactos en Bergen llueve el doble que en Santander, ¡el doble que en Santander!). Así que en invierno en Noruega es raro que salga a correr. En lugar de eso me quedo en casa y conmigo mi vitamina D, que en cuanto me descuido se desploma hasta la altura de los pies. Y luego lo dejo, y lo dejo, y para cuando me quiero dar cuenta siento pereza, no pienso con claridad, tengo licuada la cabeza.

Hoy he vuelto a salir a correr. Otra vez. Me sigue sin gustar y encima no veo amanecer -en esta época del año, en mi parte de Noruega no se hace de noche, no se ven estrellas y el amanecer es a las 4:31 por un ángulo que no me va bien-. Pero hoy cuando corría junto al fiordo he vuelto a sentirme bien, a saber que no me estoy volviendo loca -del todo-, a retomar el control. Hoy he pensado que no puede ser, que a partir de ya voy a volver a salir a correr nada más despertar. Por lo menos hasta que vuelva a hacer frío otra vez. O hasta que pueda volver a correr por mi querida Salvé.

Running - Correr por Bergen

SI TE HA GUSTADO ESTE ARTÍCULO, PROBABLEMENTE TE GUSTEN…

Sobre viajes y saltos mortales

– Mi última postal desde Tailandia

– Lo que no esconde la E de Cristina E. Lozano

2 comentarios en “Correr para no volverse loca

  1. Bravo por el articulo, nos inunda a todos con una fuerza contagiosa, una fuerza que sin duda no tenemos pero que disfrutamos intimamente en las carreras de Cristina y sus vivencias.

Deja un comentario