Café Zapata, la Puerta de Istar y el metro, mis tres recuerdos de Berlín

Tenía 21 años cuando mi primera amiga marcho de Erasmus a Alemania. Su partida a Hamburgo coincidió en el tiempo con la aparición de los vuelos de Ryanair en Santander. «¡Qué bien!, vamos a poder ir a verte», pensamos todas. Pero llegado el momento no teníamos conexión directa con su ciudad así que tuvimos que buscar escala. Las posibilidades eran Santander–Dublín–Hamburgo o Santander–Londres–Berlín. «¿Dublín – Berlín? ¿Dublín – Berlín? Va, venga, lo que salga. ¡Berlín!», y así es como acabé a bordo de un avión rumbo a Berlín (a Londres primero, de hecho) vestida cual muñeco de Michelín.

Tan meditada decisión me embarcó en uno de los viajes más divertidos y desastrosos de mi vida. En menos de una semana pasé por Reino Unido, Alemania y, ¡los Países Bajos! Este último destino contra todo pronóstico (íbamos a Colonia, de hecho fuimos a Colonia, pero nos pareció tan aburrida que tuvimos que huir a Ámsterdam), pero eso lo dejo para otro post.

Lo que venía a contar es que creo que le debo una visita en condiciones a Berlín.  De esta urbe resurgida literalmente de las cenizas tras la Segunda Guerra Mundial recuerdo el fantástico Café Zapata al que llegue casi por casualidad, el rock & roll que nos marcamos allí con más descaro que gracia, y la kasa okupa que estaba justo al lado y que, en realidad, era un centro cultural famosísimo por lo visto, cuyo nombre soy incapaz de recordar (pero lo he buscado, era el mítico Tacheles, que por cierto creo que ya no está abierto. Una pena).

Café Zapata - Wikimedia Commons¿Cómo llegamos al hostel? No me acuerdo. Pero no me acuerdo ni de cómo llegué, ni de cómo se llamaba, ni de en qué barrio estaba ubicado. Y no me acuerdo porque tengo una memoria malísima, no saquéis conclusiones precipitadas. ¡Pero no será por alojamientos en la capital alemana!

El caso es que despertamos donde fuera abrazadas al peso de la romería del día anterior. Comimos algo creo, kartofen supongo, porque por aquel entonces yo era aún un poco asquerosita con la comida y kartofen era casi lo único que sabía pedir. Entonces y aún hoy mi conocimiento de alemán era limitado, pero de lo más práctico.

Para cuando nos quisimos dar cuenta nos vimos frente a un pórtico enorme con una audio-guía en la oreja en la que retumbaba una musiquilla muy de Los 10 Mandamiento seguida de una potente voz masculina que decía «Nabucodonsor soy yo». La locución más graciosa del mundo servía para presentar la Puerta de Istar, una impresionante construcción que una vez formó parte de la Muralla de Babilonia. Oí la grabación por lo menos 5 veces (¡era saladísima!). Estaba en el Museo de Pérgamo, me encantó.

ATRAPADAS EN EL METRO (SIN BILLETE) 

Pero la traca definitiva prendió en el metro de Berlín. Las tres pardillas, como cualquiera podría habernos bautizado con mucho acierto durante esta excursión, subimos al metro. Por supuesto nunca supimos dónde comprar billetes ni cómo validarlos. Cierto es que tampoco nos esforzamos mucho en averiguarlo pero qué se yo, ¿Dublín–Berlín? Pues eso.

El caso es que subíamos al metro (cuyo final de línea y trayecto en general desconocíamos) para llegar a una parada determinada cuyo nombre nos medio inventábamos. Quiero decir, la parada existía, pero nos hacíamos un lío y la llamábamos siempre ‘Guarchawen’ o ‘Charchawuen’ y claro, pues así, ¿qué va a pasar? Pues que al final te pasas ‘Guarchawen’, ‘Charchawen’ y hasta Sebastopol y acabas dentro de un túnel, con el vagón parado, sin billete y más sola que un puerro.

Metro Berlín - Wikimedia Commons¿Y qué haces? Buena pregunta. En realidad la respuesta es nada. O fotos. Nosotras hicimos las dos, la segunda sólo hasta que el maquinista cruzo el habitáculo con cara de ‘hola, quiénes sois y que hacéis en mi tren’. Farfullaba algo, quién sabe qué, pero no debía ser muy malo porque nos miró con simpatía.

Aprendí sin saberlo por aquel entonces que a viajar se aprende viajando y que de todo se sale, que el que no prepara nada antes de una visita (más allá de echar un ojo a la guía de turno que encuentra perdida en un rincón de la biblioteca o el bar) se pierde muchas cosas, ¡pero se sorprende mucho más! Y sí, le debo una visita seria a Berlín, y empiezo a pensar que ha llegado la hora de hacerla.

(*) Si me está leyendo alguien de la oficina de turismo de Berlín (o Alemania), ¡perdón, perdón, perdón! Nunca fue mi intención ser un desastre en Berlín, ¡era joven, inexperta y casi no había salido de mi casa! La próxima vez aprovecharé el viaje, culturalmente hablando, y me portaré bien. Lo prometo 😉

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#POSTAMIGO

Berlín en 3 días, por Eva Abal

Recordando Tacheles, por Alfonso Javier Matías Manday

8 comentarios en “Café Zapata, la Puerta de Istar y el metro, mis tres recuerdos de Berlín

  1. Que buenos recuerdos!!gran viaje a pesar de la locura. Se te olvido contar el momentazo policia, dando el stop, guiandonos a una gasolinera antes de quedarnos tiradas entre bosques.no lo olvidare. Hay q repetir

    1. Ja, ja, ja. Eso es la segunda parte: ‘Cómo ir a Colonia y acabar en Amsterdam’. Todavía me acuerdo del cartel ‘Vitte Folgen’. Ja ja ja. Pues sí, deberíamos repetir. Y este año ando por Cantabria así que igual hasta tenemos oportunidad, ¿te imaginas? 😉

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